«La mesa del séder», ilustración de: «La Hagadá de Pésaj. Traducida y explicada por el Dr. Philipp Schlesinger y Josef Güns». Viena, Josef Schlesinger, 1935.
El relato de Pésaj acompañó durante siglos al pueblo judío. La historia de la salida de Egipto, del pasaje de la esclavitud a la libertad, del exilio a la Tierra Prometida, resonó durante generaciones. Dio forma a la identidad judía, asociando la plenitud (personal y colectiva) con las leyes recibidas por Moisés en el monte Sinaí. Pero, sobre todo, se transformó en uno de los pilares más importantes de la esperanza judía: en la historia fundacional de Pésaj vive la promesa del triunfo de la luz sobre la oscuridad. La confianza de que, más allá de la opresión, las persecuciones y la muerte, los hijos de Israel van a lograr ser libres.
Pero, para cada judío, la salida de Egipto tiene dos dimensiones: la historia en sí, y la forma de recordarla.
A diferencia de otras fiestas, que transcurren en la sinagoga (como Yom Kipur) o en la calle (como Purim) lo más importante de Pésaj ocurre en el hogar familiar. En la primera noche de Pésaj se lleva adelante el «Séder» (en hebreo: «Orden») una cena llena de simbolismos, historias y canciones. El objetivo del séder es «que cada generación sienta que ella misma fue también esclava en Egipto». Por eso, los niños tienen un rol central en la cena. Y, por eso, Pésaj no solo está en lo más remoto de la memoria colectiva, sino también en lo más remoto de la memoria individual de cada judío.
En esta nota, para festejar el primer aniversario de Pésaj en la historia de nuestra revista cultural, invito al lector a una experiencia doble: revivir conmigo un séder de mi infancia, en la casa de mi abuela, mientras, en simultáneo, rememoramos la salida de Egipto. Siéntese cómodo, que es lo primero que se hace en un séder para festejar que somos libres, ¡y empecemos!
Bienvenidos al séder

Pésaj dura ocho días en la diáspora, y siete en Israel. El primer día es el 14 de Nisán del calendario hebreo, que coincide con el inicio de la primavera en el hemisferio norte. El séder familiar se celebra la noche del primer día, aunque es común que se celebren otras cenas extra, comunitarias o con amistades, en las siguientes noches. «séder», como dijimos, significa «orden» en hebreo, porque la cena tiene que seguir un camino determinado. Ese camino está recopilado en un librito llamado la Hagadá («Narración»). Ninguna Hagadá es exactamente igual a otra, pero todas se parecen.
El primer paso para festejar Pésaj ocurre el día anterior: hay que revisar toda la casa para vaciarla de alimentos con jametz (levadura). Ya veremos por qué. Llegada la noche especial hay que cubrir la mesa con un mantel elegante, poner la mejor vajilla, prender dos velas y… aquí comienzan los recuerdos.
Mi tío David solía ser el que tenía la Hagadá en la mano y, por lo tanto, el que lideraba la ceremonia. Después de bendecir las velas y la primera copa de vino, recitaba «Shejeianu», una de las bendiciones más famosas y bellas del judaísmo:
| Bendito eres tú, Di’s nuestro, rey del universo que nos diste vida, nos sostuviste y nos permitiste llegar a este momento. | Baruj atá Adonai, Eloheinu mélej haolam, shejeianu vekiimanu vehiguianu lazmán hazé | בָּרוּךְ אַתָּה יְיָ אֱלֹהֵינוּ מֶלֶךְ הָעוֹלָם, שֶׁהֶחֱיָנוּ וְקִיְּמָנוּ וְהִגִּיעָנוּ לַזְּמַן הַזֶּה. |
El paso siguiente era correr el mantelito que cubría el plato con las matzot. La matzá es un pan sin levadura (más bien, una galleta gigante) que, ante la falta de tiempo durante la huida por el desierto y, como dice la Hagadá:
«Este es el pan de la pobreza que comieron nuestros antepasados en la tierra de Egipto. Todo el que tenga hambre, que venga y coma. Todo el que lo necesite, que venga y celebre Pésaj. Este año estamos aquí, el año venidero en la Tierra de Israel. Este año somos esclavos, el año próximo seremos libres»
La Hagadá que leía mi tío, como todas en Argentina, tenía las bendiciones y las oraciones tanto en hebreo como en español. La traducción era algo anticuada, y se sigue usando hasta el día de hoy. Pero ese tono le daba a la ceremonia un aire todavía más solemne.
Luego mi tío tomaba la matzá del medio (había tres en el plato) y la mitad se separaba para el «afikoman». Y acá todo se ponía más interesante para los niños (o sea, para mí y mis primos). El «afikoman» es un pedazo de matzá que se esconde en algún lugar de la casa. Al final de toda la cena, los niños deben buscarlo. El que lo encuentre, tiene un premio.
Si el séder en algún momento se hacía aburrido, la promesa del afikomán garantizaba que los más pequeños mantuviéramos el interés.
Para mí era una virtud más de una ceremonia que me resultaba en sí misma muy interesante. Todos los simbolismos y la historia, en medio de la noche, me parecían mágicos y atemporales. Como si todo lo que se narraba hubiese pasado, al mismo tiempo, hace mucho y hace poco.
El niño que sobrevivió en una canasta en el Nilo
También con un niño empieza la historia de Pésaj. Ese niño, Moisés, habría de transformarse en un personaje clave de esta historia.
Hasta ese momento, la Biblia nos cuenta que Jacob (nieto de Abraham) había tenido doce hijos, pero los celos llevaron a sus hermanos a vender al preferido, José, como esclavo en Egipto. Gracias a su talento, José ascendió hasta ser un alto funcionario del faraón y, durante una hambruna en Canaan, perdonó a su familia y los llevó a vivir con él.
Con el tiempo, los israelitas prosperaron, despertando el temor de un nuevo faraón. Este decidió esclavizarlos y ordenó matar a todos los recién nacidos varones. En ese contexto nació Moisés, cuya madre lo abandonó en una cesta en el Nilo para intentar salvarlo.
Los simbolismos de la «keará»

© Fotografía: Gilabrand (vía Wikimedia Commons). Licencia CC BY-SA 3.0
Los simbolismos están presentes a lo largo de toda la festividad, siendo el caso más icónico el de la matzá. Durante los ocho días que dura Pésaj, no se pueden comer alimentos con levadura como forma de recordar (y revivir simbólicamente) «las privaciones que sufrieron nuestros antepasados en Egipto». De ahí que, el día anterior, se deben buscar y quemar todos los alimentos con jametz (levadura).
Otro de los simbolismos, ya en la propia cena, es la «keará». Se trata de un plato que contiene seis elementos:
- Maror (hierbas amargas): rábano picante (o lechuga), representando el sufrimiento de los esclavos en Egipto.
- Zeorá (brazo, poder): un hueso asado de cordero, que representa tanto el poder divino como el cordero que se sacrificaba en el Templo de Jerusalem.
- Beitzá (huevo cocido): representa una de las ofrendas del Templo; pero, de forma más amplia, también la regeneración, el comienzo de un nuevo ciclo (en Israel, Pésaj coincide con el inicio de la primavera).
- Jaroset (pasta de manzanas, nueces, dátiles, vino y miel): representa los ladrillos utilizados en los monumentos que los hebreos debían construir para el faraón.
- Carpas (apio, cebolla o perejil): a veces bañadas en vinagre. Representa el sufrimiento de la opresión. En el pasado, también las hojas de algodón (el significado de «carpas» en hebreo antiguo) con el que los judíos marcaban las puertas de sus casas durante las plagas (lo veremos más adelante).
«En cada generación, cada persona está obligada a verse a sí misma como si ella también hubiese salido de Egipto» recuerda mi tío, en la segunda copa.
Moisés descubre su identidad
El joven Moisés no conocía sus orígenes, pero sabía que era distinto. A pesar de haber sido criado como príncipe egipcio, sentía un profundo rechazo por la forma en que eran maltratados los hijos de Israel. En una ocasión, al ver cómo un capataz maltrataba a un esclavo, sintió tanta indignación, que intervino para defenderlo. En la pelea, terminó matando al capataz. A partir de ese episodio, tuvo que huir al desierto de Madián y sobrevivir como pastor, en una vida muy distinta a los lujos del palacio.
Fue en ese momento donde Dios se reveló y le dijo a Moisés la verdad sobre su origen, y sobre su misión. Estaba Moisés en el monte Horeb cuando vio una zarza que ardía sin consumirse que se presentó diciendo: «Yo soy el que soy». Moisés entendió todo y, a pesar de su tartamudez y sus dudas, volvió a la ciudad para liberar al pueblo de Israel.
«¡Deja ir a mi pueblo»: las diez plagas.
«¡Deja ir a mi pueblo!» le exige Moisés al faraón.
En este punto el séder y el relato confluyen, porque llegó el momento de hablar de las diez plagas. El faraón rechazó de forma rotunda el pedido de Moisés. Además, muchos hebreos tienen miedo. ¿Cómo saber si Moisés estaba diciendo la verdad? ¿Realmente el Dios único estaba del lado de los hebreos, oprimidos hace años por los egipcios?
Entonces, Dios decide intervenir para vencer la resistencia de unos y las dudas de los otros, desatando sobre Egipto diez plagas: en primer lugar, transforma el Nilo y todas las fuentes de agua en sangre. Luego (2°, 3° y 4°) produce una invasión de ranas, piojos y animales salvajes. Prosigue (5° y 6°) con una epidemia de peste y sarna. Luego cae del cielo granizo (7°) y una lluvia de langostas (8°), que destruyen los cultivos. Por si fuese poco, cubre la luz del sol con una gran oscuridad (9°).

Pero la plaga decisiva es la última. Dios informa a Moisés que van a comenzar a morir los primogénitos. Y pide a los hebreos una muestra de fe: esta vez, para no ser víctimas ellos mismos de la plaga, deben marcar las puertas de sus casas con sangre de cordero. La muerte se desata sobre Egipto, pero Dios cumple con su promesa, y el liderazgo de Moisés se hace incuestionable. El faraón, abrumado por la tragedia, y temiendo él ser la próxima víctima, deja ir a los hebreos.
«En cada generación se levantan contra nosotros»
«Porque no solo uno se levantó contra nosotros para aniquilarnos, sino que en cada generación se levantan contra nosotros para aniquilarnos, pero el Santo, Bendito Sea, nos rescata de sus manos»
Esa frase de la Hagadá, dicha ahora por mi tío, forma parte del séder desde hace no menos de diez siglos. Sin dudas es una de las más simbólicas, y sintetiza muy bien la resciliencia y la esperanza que sostuvo al pueblo judío a pesar de las adversidades de la historia.
Ahora la keará (el plato ritual) toma algo de protagonismo. Mi tío toma un pedazo de maror (la hierba amarga) y lo sumerge en jaroset (la pasta que representaba los ladrillos). Recita una bendición y lo come. Luego, repite la acción, pero esta vez arma «sandwichitos» de matzá y maror, que se van pasando a cada uno de los comensales. Como siempre, todo busca revivir la experiencia de los antepasados, que sin tiempo para leudar el pan en su escape, sólo llegaban a cocinar matzá.
El cruce del Mar Rojo
Pero superado el peligro de las plagas, el faraón se arrepiente. Reúne a todo su ejército, y sale a buscar a los hebreos. En ese momento los hijos de Israel se ven rodeados: frente a ellos, el Mar Rojo, detrás, el ejército egipcio. Muchos dudan, pierden las esperanzas, y quieren rendirse. Pero entonces Dios ordena a Moisés levantar su vara, y las aguas se separan: los hebreos cruzan el lecho del mar, y cuando los egipcios entran en él, las aguas se cierran, ahogándolos.
Daieinu
Hasta ahora vimos bendiciones, frases y alimentos simbólicos. Pero un séder de Pésaj no es un verdadero séder sin otro de sus elementos clave, uno que hace al centro de su alma y su esencia: las canciones. Las canciones del séder, pensadas para ser cantadas a capella, con alegría entre todos los asistentes, es uno de los aspectos más memorables de la noche, y de los que más quedan grabados en la memoria.
La primera que vamos a escuchar, a esta altura del séder, es Daieinu:

El Monte Sinaí
Los egipcios habían quedado atrás, pero aún quedaba mucho por delante. La travesía por el desierto es una lucha constante contra la sed y el hambre. Moisés sube al monte Sinaí donde recibe las tablas de la ley, sella el pacto de los hijos de Israel con Dios y recibe las instrucciones para construir el tabernáculo, el santuario móvil donde se daría culto a la presencia divina.
Sin embargo, al descender del monte descubre que una parte del pueblo, al borde de la desesperación, había construido un becerro de oro ante la ausencia de Moisés, al que adoraba como un falso dios.
Las cuatro preguntas
Ahora llegamos a otro momento icónico de la noche. La hagadá nos cuenta, en un texto muy antiguo, que existen cuatro hijos: el sabio, el rebelde, el simple y el que no sabe preguntar. Cada uno tiene una actitud distinta ante el séder. El sabio, se interesa por lo que está ocurriendo, hace preguntas, quiere saber más. El rebelde desprecia lo que está ocurriendo, y no se siente parte. El simple no entiende lo que está ocurriendo. El que no sabe preguntar tiene buena predisposición, pero le falta iniciativa.
Para cada uno hay una respuesta en la Hagadá, que suele recitarse. Pero la mejor respuesta es, sin lugar a dudas, el «Ma nishtaná», la canción más famosa e icónica de toda la noche, y que se canta a continuación:
[Video para insertar desde YouTube: Ma Nishtana – Canciones de Pésaj en hebreo – Subtítulos en español]
El «Ma nishtaná» está grabado en la memoria infantil de cualquier judío. Ya sea laico o religioso, viva en Israel o en la diáspora, si dos judíos de cualquier parte del mundo se encuentran, y alguno comienza a cantar la canción, el otro lo va a secundar con alegría y entusiasmo.
«Ahora, elevamos nuestra mirada más allá de estas paredes y abrimos las puertas de nuestros hogares y de nuestros corazones. Servimos esta quinta copa, la Copa de Eliahu, la cual permanece llena y en espera, pues representa la redención que aún no ha llegado pero que prometemos alcanzar»
El profeta Eliahu es un caso curioso. Es el único profeta que nunca murió: subió al cielo en un carro de fuego y prometió volver para anunciar la redención. Por eso siempre se lo espera, y en cada séder se deja la puerta abierta y una copa de vino para él.
Como no podía ser menos, también existe una canción para este momento:

El desierto
Se produce entonces una deriva de cuarenta años por el desierto, para que la generación que había vivido en la esclavitud sea reemplazada por una nueva, una nacida en libertad. Es otro de los simbolismos de la salida de Egipto: sólo quienes nacieron sin las ataduras mentales de la opresión logran ingresar a la Tierra Prometida. Moisés llega a ver Israel, pero fallece antes de que los hebreos crucen el Jordán a la altura de Jericó.
¡El año próximo en Jerusalem!
Y ahora es el momento ideal para la última canción de la noche:

Aquí concluye la lectura de la Hagadá, que desde hace siglos se cierra con una frase icónica:
| ¡El año próximo en Jerusalem! | Leshaná haba’á birushalayim! | לְשָׁנָה הַבָּאָה בִּירוּשָׁלָיִם! |
Durante generaciones, esta frase era un anhelo. El deseo de que la opresión del exilio se transforme en la redención y la libertad, de forma similar a la salida de Egipto. Con la creación del estado de Israel, la frase se hizo real. Pero se sigue diciendo, incluso en Israel, porque Jerusalem es un lugar físico, pero también un lugar simbólico y espiritual.
Aquí concluye la hagadá, y también la primera parte de esta nota.
Pero no es el fin del séder, ni de esta historia. En la segunda parte vamos a ver algo no menos importante: cómo son (y cómo eran, en la casa de mi abuela) las típicas cenas de Pésaj, a nivel gastronómico. Vamos a ver también cómo evolucionó la celebración de la fiesta a lo largo de los siglos, desde los días de la antigua Israel. Y, por supuesto, ¡vamos a buscar el afikoman!
Pero, antes de despedirnos. ¿Qué podemos aprender de todo lo que vimos esta noche?
En la salida de Egipto, el pueblo es protagonista. Dios llama a la acción, ayuda a los hijos de Israel cuando están en apuros e indica un camino moral. Pero nada de eso hubiese servido sin la decisión del pueblo de confiar en su propio destino. Si no hubiese seguido a Moisés, no habría habido cruce del Mar Rojo. Si se hubiese quedado adorando al Becerro de Oro, nunca habría llegado a la Tierra Prometida.
La historia de Pésaj nos enseña que el camino a la libertad no es sencillo: está lleno de dudas, temores y contradicciones. Confiar en nuestros valores, y ser pacientes, es una gran ayuda en el camino. Incluso «las cosas que vienen del cielo» sólo lo hacen si nosotros estamos dispuestos a recibirlas. La historia de Pésaj nos enseña, entonces, que la búsqueda de la libertad depende, antes que nada, de nosotros mismos: de nuestra acción, decisión e iniciativa.
