© Collage digital de imagenes: 1. Niños y mujeres de judíos húngaros esperando las cámaras de gas IV y V de Auschwitz Birkenau en 1944. The Auschwitz Album Exhibition. Yad Vashem. 2. Foto Tomada por Ivan en Treblinka, del área donde se encontraba el campo de exterminio. Edicion y post edicion: Kultura Jaya.
Algo de lo que estoy especialmente orgulloso, y que más riqueza ha traído a mi vida en lo académico —pero sin duda también en lo personal—, han sido mis prácticas en el Memorial de Auschwitz-Birkenau. Dediqué alrededor de siete meses yendo y viniendo semanalmente en tren desde Cracovia a la estación nueva de Oświęcim. Caminaba mis veinte minutos en la recta de la calle Stanisławy Leszczyńskiej (suerte leyéndolo), para pasar por el famoso “Arbeit Macht Frei”, que da entrada a Auschwitz I, el campo principal del conjunto de los tres campos que conforman el complejo. En el frío entumecedor, me acercaba a los archivos donde trabajaba y me tomaba el café antes de pasar horas revisando documentos escaneados en la pantalla.
No hubo ninguna vez en la que no surgiera en cualquier conversación la pregunta: “¿No tienes pesadillas?, ¿no te afecta?”. Y la respuesta era siempre: “Bueno, me lo tomo muy a lo profesional”, y normalmente no seguían más preguntas. La realidad que sorprenderá a muchos es que ir allí era el mejor día de la semana. Cada tarde, después de trabajar, paseaba por los lugares donde nadie pisa en el vasto complejo de Birkenau (a unos kilómetros del campo principal), y me servía para procesar y reflexionar.
Es muy difícil reflexionar en Auschwitz. La mayoría de la gente es incapaz de procesarlo todo en las cuatro horas que dura el tour básico. Ni siquiera los grupos de israelíes, donde se les ofrece más espacio para ello, pueden realmente “absorber el lugar”. Entre muchas razones, es porque Auschwitz se ha convertido en una especie de “Disneyland” del Holocausto. La “joya» entre los campos nazis y uno de los destinos obligatorios para los turistas que visitan Polonia, que además crea muchos puestos de trabajo para los locales y genera grandes ingresos. También, la mayoría de los guías bombardean con información en forma de números y datos que es imposible asimilar si nadie te lo explica desde la experiencia personal. Por último, Auschwitz es un símbolo que ha sido explotado políticamente tanto desde gobiernos como desde activismos de todo el espectro. Estas tres razones hacen, en mi opinión, que la experiencia de visitar el memorial pierda mucho sentido.
Entiendo las razones históricas y “estéticas” que llevan a Auschwitz a ser el centro de peregrinaje por excelencia. Pero si un sitio me dejó sin aliento y me rompió por dentro fue el lugar donde se encontraba el campo de Treblinka, a 80 kilómetros de Varsovia. En este paraje entre árboles, bastante inaccesible, los nazis asesinaron alrededor de 700.000 personas en menos de un año.
Treblinka fue uno de los campos, junto a Sobibor y Belzec, de la Operación Reinhard entre 1942 y 1943, que pretendía la eliminación completa de todos los judíos en la Polonia ocupada. También fue parte de la fase inicial del sistema de exterminio con cámaras de gas que se “perfeccionará” en Auschwitz en 1944. Un lugar donde apenas existía selección y cuyo único objetivo era el exterminio.
El memorial de Treblinka no tiene barracones ni ruinas de las cámaras de gas, y por supuesto no recibe tanta gente como Auschwitz. Es un campo muy grande entre árboles, con un memorial en el centro y rocas alrededor con inscripciones de las comunidades judías que allí fueron llevadas a desaparecer. Un lugar perfecto para reflexionar de verdad, y de eso trata el poema escrito por Halina Birenbaum “Jedźcie do Treblinki” (Vayan a Treblinka).
Halina Birenbaum tuvo que madurar a la fuerza, pues era tan solo una niña cuando los nazis la confinaron junto con su familia en el gueto de Varsovia, y un año después fue deportada con su madre a Majdanek. Para entonces, los judíos en Varsovia sabían que Treblinka era un lugar de no retorno. En una de sus memorias, Halina comenta que en su deportación se alegraron cuando descubrieron que el tren no iba en dirección hacia Treblinka. La madre de Halina, sin embargo, fue asesinada en las cámaras de gas de Majdanek poco tiempo después de llegar al campo. Su padre fue asesinado en Treblinka ese mismo año.

© Imagen: Fotografía de la joven Halina Birenbaum. H. Birenbaum. From the private archives of H. Birenbaum.
El testimonio de Halina Birenbaum es increíble: sobreviviente del cruel gueto de Varsovia siendo niña, sobreviviente de varios campos entre los que se encuentra Auschwitz-Birkenau y de las famosas “marchas de la muerte” en el invierno de 1945. Halina incluso es sobreviviente de las cámaras de gas de Majdanek. En sus memorias cuenta cómo llegó a estar dentro de ellas, sabiendo que moriría por gas, cuando el funcionamiento falló y fue devuelta, junto a su barracón.
Halina Birenbaum emigró a Israel después de la guerra, donde vive hasta el día de hoy. Es un gran referente entre aquellos sobrevivientes que dedicaron su vida “nueva” a dar testimonio de las atrocidades del Holocausto. Además, es una mujer encantadora a la que tuve el privilegio de conocer mientras fui parte del grupo de personas que se dedicaba a atender a los 44 sobrevivientes de Auschwitz en la “Marcha por la Vida” en abril de 2023. Cuando se le preguntó si quería un trozo de pizza dijo: “No, dame pierogi (comida típica polaca), que es lo que me hacía mi madre de pequeña”.
En 1984 escribió “Vayan a Treblinka”, que es uno de mis poemas favoritos entre los muchos que ha escrito durante sus años como educadora. Lo leí tras haber visitado Treblinka, pero pude sentir exactamente lo que Halina plasmó en cada una de las frases del poema. Desde luego me sirvió para reflexionar en mis tardes a solas junto a las ruinas de las cámaras de gas IV y V, donde apenas vienen turistas.
En ese lugar, en mi último día de trabajo, me senté en la hierba mientras un grupo de chicas judías ultraortodoxas cantaban cerca en hebreo. Alcé mis ojos al cielo y recordé con cariño a los millones de víctimas mientras escuchaba a Halina, una y otra vez, diciendo: “Vayan a Auschwitz por generaciones… no los dejen solos”.

© Fotografía tomada por Ivan en Treblinka. Edicion y post edicion: Kultura Jaya.
Poema de Halina Birenbaum “Vayan a Treblinka”:
Vayan a Treblinka
Abran los ojos a su amplitud.
Agudicen el oído.
Contengan la respiración.
Y escuchen las voces que brotan allí
de cada grano de tierra.
Vayan a Treblinka.
Ellos los esperan allí,
sedientos del sonido de sus vidas,
de una señal de su existencia,
del paso de sus pies,
de una mirada humana que comprenda y recuerde,
de una caricia de amor sobre sus cenizas.
Vayan a Treblinka.
Vayan por voluntad propia, ustedes, los libres.
Vayan movidos por el dolor ante el horror ocurrido,
desde lo más hondo de la comprensión y del corazón que duele y no se resigna.
¡Escúchenlos allí con todos los sentidos!
Vayan a Treblinka.
Allí, el silencio verde, dorado o blanco
que los envuelve en cada estación
les contará historias y más historias
sobre vidas que se volvieron prohibidas e imposibles.
Vayan a Treblinka.
Vean cómo allí el tiempo se detuvo.
Escuchen al tiempo inmóvil, al silencio atronador de los muertos,
y a las piedras con forma humana que lloran en silencio.
Vayan a Treblinka a sentirlo, aunque sea por un instante.
Vayan a Treblinka.
Hagan brotar una flor con una lágrima cálida, con un aliento humano,
ante una de las piedras —memorial de una comunidad entera—
sobre una tierra que es su cuerpo y sus cenizas.
Ellos esperan allí, en Treblinka, que vengan y escuchen las historias
que claman dentro del silencio,
y que, en una identificación absoluta, muda y unificadora,
les traigan cada vez
la historia de la vida que continúa,
el amor que da vida.
Vayan a Treblinka por generaciones.
No los dejen solos.
