Saltar al contenido

Desmemoria: poner palabras donde hubo silencio

© Fotografía original del abuelo de Roxana: Colección privada familiar.

No voy a contar nada. Pero porque no tengo nada que contar. La historia de mis abuelos solamente tiene preguntas y ninguna respuesta.

La historia me la pude imaginar de adulta, a través de otras historias que encontraba en los libros. De niña no había preguntas, de eso no se hablaba. De niña no sabía lo que era el trauma transgeneracional ni los tabúes familiares.

De adulta aparecieron las preguntas cuando ya habían desaparecido quienes tenían las respuestas.

De niña solamente tengo retazos de recuerdos del único abuelo que conocí, de un hombre delgado y taciturno que vivía en un piso pequeño y austero. El mismo hombre que me sentaba en sus rodillas y me hacía cosquillas hasta hacerme llorar de risa mientras decía palabras cariñosas en idish, ese idioma secreto de sonido quebrado que usaban los adultos cuando querían hablar de sus cosas. Un día de mis cuatro años ese hombre desapareció, se esfumó sin explicaciones, otra cosa más de la que no se hablaba. Ese hombre que me hacía reír murió sin despedirse y yo dejé de hablar. No recuerdo por cuánto tiempo ni por qué volví a hablar.

Ahora que soy mayor escucho las preguntas de esa niña mientras miro tu foto, abuelo.

¿Quién era ese hombre tan joven? ¿Qué estaba pensando?

Solamente sé que subió a un barco en 1930, dejando en Polonia a su esposa y a su hijo pequeño.

¿Qué habrá sentido al encontrarse en una tierra extraña con un idioma que desconocía? ¿Habría alguien esperándolo? ¿Qué mella le dejaron la soledad y la incertidumbre? ¿Hasta qué punto se sanó su alma cuando por fin pudo traer consigo a su esposa y a su hijo?

Y su esposa, mi abuela. Esa mujer que murió poco antes de mi nacimiento y de la que heredé la inicial de su nombre. Ella, ¿qué habrá sentido cuando tuvo que dejar atrás su vida? ¿Lo habían decidido juntos o simplemente se resignó a seguir a su marido? ¿Sabía que ya nunca más vería a sus hermanas? ¿Pensaba en ellas cada día? Esas hermanas fueron asesinadas en la guerra por ser judías y es todo lo que sé. No se hablaba de eso. Nunca.

Por suerte o por azar mis abuelos emigraron (¿escaparon?) a tiempo. A tiempo de sobrevivir pero a qué precio. Esa mujer sólo supo querer al niño que trajo de Polonia, el único lazo con sus raíces, y así lo sufrió su hija, mi madre, nacida en tierra ajena. Y así se perpetuó el trauma. Pero esa es otra historia.