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Guía para cocinar el Kufte de mi abuela (y no perderse en el exilio, pero sí en el tiempo)

© Fotografía original de la olla: Mijal. Edición y post-producción asistida por IA.

۱ Amasar
Me remango las mangas. La sensación de la carne suave y el arroz duro entre mis manos, mientras los amaso, resulta extrañamente natural. Empiezo a amasar. Es la primera vez que lo hago, pero mis manos parecen tener memoria propia. Kufte significa, literalmente, machacado. Golpeo rítmicamente la mezcla contra el bol.

Ese mismo ritmo, imagino, marcaba los viernes por la mañana en la casa de mi bisabuela en Tabriz. Allí, en el noroeste de Irán, mis abuelos crecieron bajo un cielo inmenso y sombras alargadas. Para sobrevivir, tuvieron que aprender el arte del camuflaje (que yo había aprendido también de alguna manera en los dos últimos años): nombres musulmanes para ocultar su identidad judía. La doble vida es el precio de la seguridad. En los años 50, cuando la violencia se hizo insoportable tras la fundación del Estado de Israel, lo dejaron todo. Cambiaron el estatus y las propiedades por una casa de dos habitaciones en Israel para cinco personas. En la aduana de la memoria se quedaron su lengua, el persa, y sus nombres originales, pero algo se salvó del naufragio: el hambre de lo que uno es. El miedo no pudo borrar el olor de esta olla.

۲ Dorar
Añado la cúrcuma. El polvo amarillo tiñe mis dedos de un ocre vibrante y, de pronto, el agua del guiso se vuelve solar, dorada. Echo los garbanzos y las alubias. El borboteo es un susurro rítmico, casi adictivo
.

El olor de la olla me devuelve a mi infancia. «Or Einay» (la luz de mis ojos), me decía mi abuela nada más entrar yo en su casa. Ella preparaba este plato para cada Shabat, ya que era el plato favorito de mi padre. Yo entonces no lo sabía, pero aquel aroma era un mapa. Años después, viviendo en España, la maternidad me despertó un vacío que no sabía cómo llenar. Me sentía alienada, lejos de mi tierra, de mi familia y de mi esencia. Comprendí que no quería alimentar a mi hija solo con nutrientes, sino con ese amor que yo recibí de niña. Quería que ella también fuera «la luz de mis ojos». Ojos cuyo brillo se refleja en un caldo dorado.

۳ Limpiar
Limpio mis manos teñidas de amarillo para mirar el móvil que vibra sobre la encimera. Es Sahar (nombre ficticio por privacidad), mi amiga iraní. Me dice que no puede venir hoy a probar mi Kufte. La situación en su país le quita el apetito. Bajo el fuego al mínimo.

La entiendo. A veces el peso de nuestras tierras vuelve el espacio común insoportable. Sahar me confió una vez el secreto de su linaje: la leyenda familiar hablaba de siete hermanos cristianos encarcelados en un baño de los que solo sobrevivió uno —el padre de su abuelo— tras aceptar convertirse al islam. Pero el hallazgo de su primo cambió el relato: encontró símbolos judíos grabados en la piedra de sus antepasados. Aquella supuesta cristiandad no era más que otra máscara. Sus ancestros, al igual que los míos, ocultaron su verdadera historia bajo llave para no poner en peligro a sus hijos. Callaron para que nosotros pudiéramos vivir.

۴ Soñar
Mi móvil vibra de nuevo, es otro mensaje: «Un día iremos de viaje con nuestras hijas, las cuatro juntas; primero a Tel Aviv y luego a Teherán», me dice Sahar.

Es un WhatsApp de 2026, pero su eco tiene 2.500 años. Es la voz de Ciro el Grande en el 539 a.C. permitiendo nuestro regreso a Jerusalén. Somos dos mujeres de dos pueblos que han compartido mesa y cultura durante milenios.

۵ Destapar
Destapo la olla. El vapor me golpea la cara con una fuerza antigua. Por un segundo, las paredes de mi cocina en España desaparecen. 

Ese aroma celestial es el mismo aliento que envolvía a mi abuela en Jerusalén y el que, siglos antes, subía como una oración desde las cocinas de sus ancestros en las faldas de las montañas de Tabriz. Es un olor que no entiende de mapas ni de exilios.

۶ Saborear
Sirvo el plato. Mi padre se sienta a la mesa y, al primer bocado, sus ojos brillan con el reconocimiento de un hijo que vuelve a casa. Mi hija me mira, saborea una cucharada y suelta las palabras que me desarman: «ze taim» (está rico).

En ese instante, las dos historias se encuentran. Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no de tristeza, sino por el alivio de recuperar un trozo de mí que creía perdido. Hoy pongo la mesa en España, pero fantaseo con la casa de Jerusalén y la cocina de Tabriz. El hilo no se rompe. Mientras este aroma flote en mi casa, mi abuela sigue viva y la promesa de Sahar sigue cocinándose a fuego lento.