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Las hijas de Zelofejad: Cinco hermanas ante la ley

© Fotografía original de Wadi Rum en Jordania: Ivan. Edición y collage digital: Kultura Jaya.

Uno de mis rabinos insiste constantemente en que el judaísmo ortodoxo no es machista. Yo suelo disimular mi discrepancia e incluso hago el esfuerzo de entender su punto de vista, pero él tampoco colabora demasiado. No porque el judaísmo en sí lo sea, ni siquiera el ortodoxo, sino porque el hombre se siente atacado y comienza a contradecirse.  Empieza negando cualquier desigualdad y termina intentando explicar por qué la tzniut (recato) es más importante para las mujeres que para los hombres. Así, tal cual.

No sé si es que él no se da cuenta de que eso es, precisamente, lo contrario a igualdad, o si soy yo quien gruñe, internamente, cada vez que un hombre me explica cómo las mujeres deben o no deben comportarse. Lo más irónico para el lector quizá sea saber que el autor —es decir, yo— va a hablar ahora sobre mujeres. Pero no de cualquier mujer, sino de unas que aparecen en la Torá: las hijas de Zelofejad.

Estas mujeres lograron crear un precedente legal y sirven como ejemplo de valentía y humildad a partes iguales. Cinco hermanas que dieron honor a su tribu, la de Manasés. Una historia que se encuentra en Números 27 (en hebreo Bamidbar).

Manasés fue el primogénito de José y, aunque el patriarca Jacob decidió bendecir a su hermano Efraím con una bendición mayor, ambos fueron elevados a la categoría de, ni más ni menos que, hijos de Jacob. Por ello, sus descendientes recibieron una porción en Eretz Israel. Pero la historia no acaba ahí: Manasés se convirtió en la tribu con mayor extensión territorial. Para hacernos una idea, sus fronteras se extendían desde el Mediterráneo, cruzando el río Jordán, hasta bien entrado el territorio de la actual Jordania, y desde el monte Carmelo hasta el centro del país —lo que hoy serían Haifa y Tel Aviv, respectivamente—.

Sin embargo, esta historia ocurre mucho antes de que los hebreos se asienten y cultiven la Tierra Prometida. El pueblo se preparaba para poseer Eretz Israel aún estando al este del Jordán. Moisés, sabiendo que moriría antes de ver cumplida su misión, realiza un censo de todas las tribus para repartir el territorio según el tamaño de cada una. Es en este contexto donde cinco mujeres, todas hermanas, tuvieron la valentía de señalar una injusticia y ser reconocidas por ello.

Las hijas de Zelofejad —Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsá— sentían un profundo amor por Eretz Israel. Esto se deduce de la forma en que la Torá traza su linaje hasta José, quien pidió que sus restos fueran llevados a la tierra una vez los hebreos la poseyeran. Pero existía un problema: su padre había fallecido sin dejar un hijo varón. Según la ley vigente, ellas quedarían excluidas del reparto de la herencia.

La indignación de las cinco hermanas estaba más que justificada. Por ello acudieron personalmente ante Moisés, el sacerdote Eleazar y los jefes de las tribus para presentar su queja. Moisés llevó el caso ante Dios, y la respuesta fue clara: “Bien han dicho las hijas de Zelofejad”. Así se estableció un decreto de justicia a su favor.

La valentía de estas mujeres queda reflejada en la Torá no solo porque se las menciona varias veces, sino porque su historia sirve como introducción a las leyes de sucesión. Leyes que, conviene recordarlo, fueron dadas más de un milenio antes de la era común. Más adelante, incluso los líderes de la tribu de Manasés se inspiraron en ellas para plantear nuevas cuestiones relacionadas con las herencias.

Tomar un relato ocurrido hace más de 1.200 años antes de la era común como ejemplo “vanguardista” de feminismo quizás es mucho pedir. Pero si nada en la Torá ocurre por casualidad, al menos merece la pena extraer algunas enseñanzas de estas cinco mujeres a las que se les llama virtuosas.¿Dónde lo dice? en ninguna parte, pero Rashi comenta sobre ellas: “Bienaventurado aquel con quien Dios concuerda”.

Lo más complicado de su situación fue, sin duda, desafiar su propia fe. Me las imagino en su tienda en el desierto, compartiendo un té, guardando un silencio incómodo hasta que una de ellas se atreve a decir: “¿Vosotras veis esto normal?”. Y de pronto, todas hablando a la vez, como si cada una hubiera estado esperando que otra rompiera el silencio.

Ellas confiaban en que Moisés hablaba en nombre de Dios. No dudaban de la veracidad de la ley ni de su origen divino. Actuaron con humildad y respeto, pero también con claridad. En otras palabras, su actitud fue: sabemos que la ley es justa, pero quizá nuestra situación es distinta y debe ser considerada como tal.

Por otro lado, estas cinco hermanas tenían una fe profunda. Al igual que su generación, nunca habían pisado Eretz Israel. Es posible que de niñas presenciaron el Sinaí humeante y escucharan los truenos cuando Dios entregó la ley a Moisés. Crecieron en el desierto, esperando el momento en que lo prometido se hiciera realidad. ¿Cómo sería la tierra? ¿Encontrarán descanso? Era imposible saberlo, pero creyeron a Aquel que dijo: “Os llevaré a la tierra que fluye leche y miel”.

Esto me recuerda inevitablemente a los procesos que llevaron al nacimiento del Estado de Israel en el siglo pasado. En 1948, Israel brotó como una planta en medio del desierto. Lo imposible se convirtió en realidad porque miles de hombres y mujeres judíos —religiosos y laicos— creyeron durante décadas, e incluso siglos, en el retorno a Sion.

La generación de las hijas de Zelofejad vivió situaciones sorprendentemente similares a las que enfrentaron las mujeres que emigraron a Eretz Israel a finales del siglo XIX y durante el XX: tierras por trabajar, incertidumbre, desconocimiento, enemigos locales. Nada de eso les impidió mantener una fe genuina.

Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsá no se resignaron a obedecer ciegamente, aun creyendo que la ley provenía del cielo. Mujeres de todas las épocas han sentido esa misma tensión y han actuado para cambiar la historia desde dentro. Los sabios enseñan que, aunque al ser humano le resulte más natural favorecer al hombre, Dios actúa con justicia hacia todos por igual. Más allá de la fe de cada uno, la predominancia masculina en la historia es una realidad. Nada nuevo bajo el sol.

Las hijas de Zelofejad no buscaron romper la ley ni desafiar su origen divino. Solo pidieron no quedar al margen. Hablaron desde dentro del sistema, con fe y con valentía, y fueron escuchadas. Quizá ahí esté la incomodidad actual: los sistemas no siempre cambian por grandes revoluciones, sino por preguntas justas formuladas en el momento adecuado. Y, a menudo, esas preguntas vienen de quienes menos espacio tienen para hacerlas.