© Fotografía: Primera guardería infantil en Netanya durante la celebración de Purim (1935). Archivo Municipal de Netanya / PikiWiki. Edición y post-producción: Kultura Jaya.
Todas las festividades judías están cargadas de alegría y simbolismo, pero hay una que, sin lugar a dudas, destaca por su espíritu festivo y se convierte en la favorita de muchos: Purim. En esta época del año, cuando en algunos lugares comienza a asomarse la primavera, judíos de todo el mundo celebran esta fiesta milenaria en la que la gente se disfraza, sale a las calles y participa en una celebración llena de color, humor y memoria histórica.
Pero ¿qué se celebra exactamente ese día y por qué? A muchos les sorprenderá conocer el trasfondo histórico de esta festividad, ya que no se trata de un tema baladí. Para quien desconozca la historia, el libro de Ester en la Biblia se lee como un verdadero thriller político de suspenso, ambientado en la fastuosidad del Imperio Persa: no hay ángeles ni plagas, ni siquiera señales divinas, sino puro espionaje, banquetes con mucho vino y una carrera a contrarreloj.

© Imagen: Asuero y Amán en el festín de Ester (1660), Rembrandt van Rijn.
Meguilat Ester para dummies
Todo comienza en Susa, la antigua capital de Persia –también conocida como Shush en persa o Shushan en hebreo, de la que actualmente solo queda un yacimiento en el suroeste de Irán–. El rey Asuero (un hombre poderoso pero voluble y dado al exceso) organiza una fiesta de ni más ni menos que seis meses. En un arrebato de ebriedad, ordena a su esposa, la reina Vashti, que desfile con nada más para cubrirla que su corona real –y absolutamente nada más– ante sus invitados. Vashti se niega a mostrarse desnuda ante todo el mundo, por lo que el rey, enfurecido y aconsejado por sus ministros –que temen que otras mujeres sigan su ejemplo y se rebelen–, la destituye.
Para encontrar una nueva reina, el rey organiza una especie de concurso de belleza forzado a nivel nacional: todas las jóvenes hermosas son llevadas al harén real. Entre ellas está Ester – en hebreo Hadasa – una joven huérfana judía que ha sido criada por su tío Mardoqueo (Mordejái). Por consejo de él, Ester mantiene en secreto su origen judío. Entre todas las jóvenes, el rey elige a Ester por su belleza y esta se convierte en la reina del imperio.
Un tiempo después, la historia nos presenta a Amán, a quien el rey asciende al puesto de primer ministro. Se nos describe a Amán como un hombre arrogante, cruel y extremadamente ególatra, que exige que todos se arrodillen ante él. Mardoqueo, quien solo se arrodillaba ante Dios, se niega y esto enfurece a Amán. Sin embargo, en lugar de castigar solo a Mardoqueo, decide hacer pagar por la afrenta a todo el pueblo judío. Él convence al rey de que hay un pueblo «diferente», con sus propias leyes y que puede suponer un peligro, esparcido por el imperio, y ofrece una fortuna para el tesoro real a cambio de un decreto de exterminio. El rey acepta y se lanza una lotería («Pur») para elegir el día de la matanza y ésta cae el 13 de Adar. Este decreto –sellado por el rey y, por tanto, irrevocable– se envía a todas las provincias del Imperio. El pueblo judío tenía los días contados.
Mardoqueo le hace llegar la noticia a Ester y le pide que intervenga. Ella está aterrada: en Persia, entrar a ver al rey sin ser llamado se castiga con la muerte, a menos que el rey extienda su cetro de oro perdonándole la vida, y ella no había sido convocada por Asuero en treinta días.
Mardoqueo le lanza el desafío que cambia la historia: «No pienses que escaparás en la casa del rey más que cualquier otro judío. Si callas, la salvación vendrá de otro lado, pero ¿quién sabe si has llegado al reino precisamente para un momento como este?». Ester acepta el reto y pide a su pueblo que ayune con ella durante tres días en busca de claridad mental y templanza antes de actuar. Es así como Ester se viste con sus mejores galas, avanza por el palacio decidida a encontrarse con el rey a pesar de no haber sido llamada por él y, antes de entrar a la sala del trono, pronuncia unas de sus más icónicas palabras: «Y si perezco, que perezca». Por fortuna, y quizá gracias a su valentía y determinación, el rey extiende su cetro de oro y ella lo toca, perdonándole la vida y, cuando él le ofrece lo que quiera, ella pone en marcha su plan: pide que el rey y Amán asistan a un banquete privado.
Durante dos banquetes, Ester cocina una tensión psicológica insoportable. Amán sale del primer banquete sintiéndose el hombre más importante del mundo, pero su odio por Mardoqueo crece tanto que construye una horca altísima para colgarlo al día siguiente.
En un paréntesis narrativo, la historia nos cuenta cómo esa misma noche el rey no puede dormir y pide que le lean las crónicas del reino. Descubre que Mardoqueo una vez salvó su vida descubriendo un complot y nunca fue premiado por su servicio. A la mañana siguiente, Amán entra para pedir permiso para colgar a Mardoqueo, pero el rey lo interrumpe y le pregunta: «¿Qué debe hacerse al hombre a quien el rey desea honrar?». Amán, pensando que se refiere a él, describe un desfile glorioso montando incluso al caballo real. El rey le ordena: «Haz eso mismo por Mardoqueo». Así, Amán es humillado públicamente pero pronto se le pasa porque la reina Ester envía sus sirvientes para llamarle al segundo banquete.
En el segundo banquete, Asuero le vuelve a preguntar a Ester cuál es su deseo, «hasta la mitad de mi reino te daré», le prometió. En un giro de los acontecimientos que pilló muy desprevenidos a todos, pero especialmente a Amán, Ester finalmente revela su identidad: «Mi pueblo y yo hemos sido vendidos para ser destruidos». El rey, furioso, pregunta quién es el culpable, y Ester señala: «¡El enemigo es este malvado Amán!». Tanta fue la rabia del rey, que se tuvo que ir fuera de la sala a calmarse. Amán, desesperado, se arrodilla ante Ester, suplicando por su vida. El rey, fuera de sí, ve esta escena y piensa que Amán quiere abusar de Ester. «¿También quieres robarme a mi mujer?». La sentencia de Amán se resume en esta frase de la Meguilá: «Cuando el rey dijo esto, el rostro de Amán fue cubierto».
El rey ordena colgar a Amán en la misma horca que había preparado para Mardoqueo. Sin embargo, y desgraciadamente, las leyes persas no se podían anular. Mardoqueo y Ester comprendieron que solo había una manera de evitar la masacre: el rey había de emitir un nuevo decreto que permitiera a los judíos defenderse. Los hombres que siguieron el decreto de Amán esperaban encontrarse a las perfectas víctimas indefensas, pero en su lugar tuvieron que enfrentarse a un pueblo guerrero preparado para contestar. Los judíos lucharon con honor, venciendo la batalla ese mismo 13 de Adar en todo el imperio, excepto en Susa, que se prolongó un día más hasta el 14. Así, el pueblo se salvó, Mardoqueo fue convertido en gran visir –lo que entendemos hoy en día por primer ministro– y la historia se escribió en un rollo –la Meguilá– para ser recordada por siempre.
¿Historia o mito?
La historia se sitúa en el siglo V a.e.c., durante el reinado de Ajashverosh (identificado comúnmente como Jerjes I). Mientras que la mayoría de libros del Tanaj (la Biblia hebrea) transcurren en la tierra de Israel, Ester sucede en Susa siguiendo la vida de los judíos que permanecieron en Persia tras el Edicto de Ciro. Éste les permitía regresar a Sion y reconstruir el templo de Jerusalén después de haber sido expulsados y llevados al exilio por los babilonios en el siglo VI a.e.c.
Si bien se puede discutir la precisión y veracidad histórica de cada detalle de esta historia, el debate académico coincide en que este libro demuestra un conocimiento profundo de la realidad de la época en Persia.
Por un lado, se describe parte del protocolo de la corte, como que nadie podía presentarse ante el rey sin ser llamado bajo pena de muerte (Ester 4:11), siendo que los monarcas persas se consideraban figuras semidivinas y distantes. También se describe un sistema de mensajería altamente eficiente con caballos veloces (Ester 8:10), coincidiendo con el famoso Camino Real persa y su sistema de postas, el más avanzado de la antigüedad. Otro ejemplo es la descripción del palacio de Susa, sus patios y el «pabellón de las mujeres», que concuerda con posteriores excavaciones arqueológicas de los palacios de Darío I y Jerjes I.
Por el otro, se considera que el autor utiliza licencias creativas, como el hecho de que un decreto real persa no pudiera ser revocado (Ester 1:19). Si bien esto añade tensión dramática, no hay evidencia histórica de que los reyes persas estuvieran tan limitados por sus propias leyes. No obstante, se trata de algo habitual en los textos de la época: al entrelazar hechos reales con recursos literarios y personajes creados que funcionan como portavoces, el autor logra plasmar de forma narrativa su teología y filosofía. Y es que este libro no pretende ser un documento burocrático puramente descriptivo de los hechos, sino una historia emocionante que, a través de la épica, inspira a un pueblo a conservar y reivindicar su identidad.
Por qué es un libro único en el Tanaj
Hay varios detalles que hacen único al libro de Ester, siendo obligatorio para todo judío –hombre o mujer– escuchar su lectura y seguirla letra por letra, lo que constituye un precepto (mitzvá, mandamiento) en Purim. A diferencia de la Torá, donde es precepto estudiarla, la Meguilá debe ser leída y recordada por generaciones.
Uno de los detalles más relevantes es que es el único texto del Tanaj donde el nombre de Dios no aparece ni una sola vez. Ni siquiera el Cantar de los Cantares, que sí llega a tener una mención abreviada. Este silencio puede ser interpretado desde distintas perspectivas:
De la teofanía al Dios que actúa entre bambalinas
La teología judía llama a esto Hester Panim (el «ocultamiento del rostro»). En Ester, la salvación no llega de forma espectacular sino a través de lo que parecen ser simples coincidencias políticas. Es un cambio de paradigma: no hay una intervención divina «vertical» a través de plagas, sino «horizontal», mediante la acción, inteligencia y premeditación humana. Esto convierte a Ester en toda una revolución literaria de una época en la que lo común era el llamado «deus ex machina», distinguiéndose por su realismo político y enseñándonos una lección práctica que apela explícitamente a la responsabilidad. Esta visión permitiría que el judaísmo no colapsara tras la destrucción del Segundo Templo unos siglos más tarde, transformando a un pueblo cuya relación con Dios hasta el momento se había basado en «milagros visibles» en uno con agencia propia sobre sus vidas y destinos.
La protección de lo sagrado en el exilio
Finalmente, en la tradición judía, el nombre de Dios es una extensión de su esencia y existe el mandato de no borrarlo ni profanarlo («Lo lishmoaj»). Dado que el Libro de Ester (la Meguilá) estaba destinado a leerse en banquetes y celebraciones festivas como Purim donde el vino corre y el ambiente es de jolgorio y alboroto, cabe la posibilidad de que el autor omitiera el nombre sagrado por pura precaución. De ese modo, si el pergamino se manchaba o se perdía en medio de la fiesta, no se estaría profanando el nombre de Dios.
Purim y el simbolismo de los disfraces
Toda esta filosofía del ocultamiento cobra vida cada año en la festividad de Purim. Se celebra el 14 de Adar (el mes más alegre del calendario hebreo), con una excepción: los sabios decretaron que en aquellas ciudades que estuvieran amuralladas en tiempos de Josué –como Jerusalén o la antigua Susa– el festejo se trasladó al día 15 (Purim Shushan). La lógica tras esto nace del propio relato, y es que mientras que en todo el imperio la batalla contra quienes buscaban el exterminio terminó el día 13 de Adar y se celebró el 14, en la capital, Susa, la lucha se prolongó un día más.
Purim es una fiesta de una vitalidad arrolladora donde se lee la Meguilá (el rollo de Ester) en la sinagoga, haciendo mucho ruido con el uso de carracas, pitos y abucheos cada vez que se menciona a Amán, se envían regalos a los amigos y se ayuda a los necesitados. Los judíos ortodoxos, además, ayunan medio día el 13 de Adar recordando ese mismo ayuno que hizo Ester para reflexionar e idear un plan para frenar la tragedia.
El elemento más icónico de la celebración de Purim es el uso de disfraces y máscaras. Con ellas se recuerda cómo Ester ocultó estratégicamente su identidad ante el rey hasta el momento de la jugada decisiva, del mismo modo que la divinidad se «disfraza» de naturaleza y de aparente coincidencia. Esta tradición parece venir de los judíos ashkenazim, aquellos que vivieron su experiencia diaspórica en Centroeuropa y Europa del Este.
El pueblo judío es experto en hornear dulces para celebrar, y ésta no va a ser una excepción. Purim culmina con las orejas de Amán («oznéi Hamán» en hebreo y «hamantaschen» en yidis), un banquete simbólico –como los que organizó Ester–, un escenario donde el mal no triunfa y el verdugo –Amán– termina en la horca que él mismo preparó, mientras su víctima –Mardoqueo– es honrada en el trono.
La festividad de Purim comparte un patrón que aparece en muchas historias del pueblo judío: momentos en los que otras naciones intentaron destruirlo y, contra todo pronóstico, surge una figura que trae esperanza y salvación. Sin embargo, Purim tiene algo especial. En esta fiesta existe la obligación de recordar el plan del malvado Amán, quien quiso exterminar a todo el pueblo judío –recordemos que la dispersión en la diáspora tal y como la conocemos hoy es siglos posterior, la totalidad de los judíos aún vivía dentro de la extensión del imperio persa, y tal decreto habría implicado, efectivamente, el exterminio absoluto–, y cómo ese intento fracasó gracias al coraje de una mujer que no pudo permanecer en silencio mientras su pueblo corría el riesgo de ser borrado de la faz de la Tierra. Por eso Purim se celebra con una alegría intensa, una alegría que no solo recuerda la victoria, sino que debe transmitirse de generación en generación.
