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¿Por qué esta noche es diferente a todas las noches? (segunda parte)

© Imagen: La Hagadá de Szyk, ilustración de Arthur Szyk (1940)


Un Séder suspendido en el tiempo

El Séder parecía suspendido en el tiempo. Desde mi rincón podía ver todos los detalles: la copa de plata llena de vino, los mantelitos que cubrían las matzot, el brillo de las velas. El resto de la casa estaba en penumbras. Yo estaba en la mesa de los niños, junto a mis primos, y detrás de nosotros estaba el ventanal que daba al jardín de mi abuela, también bajo el imperio de la noche.

En contraste, el Séder era pura luz. Mi tío David, entre las páginas de la Hagadá, siempre hacía alguna broma, o alguna analogía con el presente. No existe ninguna Hagadá que sea del todo clara, y en todo Séder hay confusiones divertidas. Con el sabor de la matzá y el jrein* triturados en mi paladar, cantando el Ma Nishtaná y viendo las ilustraciones de la Hagadá, todo se sentía mágico y atemporal. En todo el universo sólo existía esa mesa y el relato de la salida de Egipto, tan lejano y cercano a la vez.

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*Jrein: salsa de remolacha y rábano usada en la cocina judía para acompañar el gefilte fish (una albóndiga de pescado molido) o la carne.

Pésaj: entre el mito y la realidad

En la primera parte de esta nota vimos la historia de la salida de Egipto, según el relato tradicional narrado en la Biblia. Vimos, también, cómo se recuerda este suceso en la actualidad, mediante la lectura de la Hagadá en el Séder. Pero… ¿Cómo evolucionó la festividad a lo largo de la historia? ¿Qué dicen los historiadores sobre la veracidad de Pésaj?

Como ocurre en la historia de casi todas las naciones antiguas, la frontera entre los mitos y los hechos es siempre difusa y compleja. Pésaj se viene festejando desde hace más de dos mil años, de eso no hay duda. Tampoco (los mapas no mienten) que Egipto e Israel están uno al lado del otro. La Estela de Merneptah del año 1208 a.e.c de la dinastía Dinastía XIX del Imperio Nuevo de Kemet (el nombre real del Antiguo Egipto) tiene tallada en piedra la primera mención conocida de Israel, narrando una invasión del país del Nilo a Canaán. Por lo tanto, ambas naciones no sólo eran fronterizas, sino que interactuaban entre ellas. Los historiadores, sin embargo, no han encontrado todavía evidencia de la presencia de centenares de miles de hebreos en Kemet en el siglo XIII a.e.c, donde se supone que transcurre la historia de Pésaj. 

Pero la historia salió de algún lado. Una posible hipótesis es que haya ocurrido a menor escala: que alguna de las primeras tribus que dieron forma al pueblo de Israel hace cerca de tres mil años haya sufrido, a nivel familiar, una historia de sometimiento y esclavitud en tierras de Kemet. Esta historia, fusionada con otras y ampliada para abarcar a todo el pueblo, pudo acabar por generar la historia de Pésaj. 

El asunto da para largo, pero vamos a quedarnos con lo que nos importa: el origen de la fiesta de Pésaj. Más allá de los hechos en sí, la fiesta existe desde hace más de veinte siglos. Al comienzo, antes de la construcción del Templo de Jerusalem, era familiar y nómada: en cada casa se sacrificaba un cordero y se tiraba la levadura de la cosecha vieja. En Israel, la fiesta coincide con el inicio de la primavera, y ese factor natural estaba muy presente en el origen de la festividad. Era la fiesta de la regeneración y del comienzo de un nuevo ciclo. Aquí comenzó también el consumo de matzá durante la festividad y el marcar las puertas de la casa con la sangre del cordero.

El idioma de la comida

Sopa de knéidalaj en el comedor comunitario de Nahal Golán.
© Fotografía: Dan Hadani (vía Wikimedia Commons). Licencia CC BY 4.0

La comida de mi abuela era un idioma aparte. Nos hacía viajar en el tiempo y el espacio, nos trasladaba a su Praga natal con el calor de su goulash, nos revivía la experiencia de los judíos europeos con su gefilte fish, nos hacía disfrutar el verdadero sabor de Pésaj con su exquista sopa de knéidalaj —mi plato favorito de toda la fiesta, con ese gustito tan suave y único. En ese viaje entre generaciones no faltaban los farfalaj y las ensaladas interminables (como la simple e icónica ensalada de tomate, huevo y cebolla), entre el sonido de las matzot quebrándose, y el jrein yendo y viniendo.

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*Sopa de knéidalaj: sopa de albóndigas hechas con harina matzá que se cocinan en caldo, a menudo de pollo o verduras.

Pésaj como la gran fiesta en el Templo

Con la consolidación de los reinos de Israel y de Judea, el crecimiento de las ciudades y el mayor peso político del gobierno central, se construyó el Templo de Jerusalem. A partir de este momento, el sacrificio del cordero se centralizó en el Templo y los judíos de toda Israel y la diáspora viajaban a Jerusalem una vez al año. Toda la ceremonia ocurría dentro de las murallas, ante la presencia de una multitud. 

Las charlas en la casa de mi abuela

Las charlas en la casa de mi abuela también eran un viaje en el tiempo y el espacio. La conversación viajaba sin problemas entre anécdotas de la familia que había quedado en Europa (como mi tatarabuelo Moshe, que —haciendo el servicio militar— le puso la capa al emperador Francisco José en la Ópera de Viena, un siglo y medio atrás), reflexiones políticas y filosóficas sobre la realidad política de Argentina, experiencias turísticas en distintas partes del país y el mundo, curiosidades sobre Pésaj, chistes sobre el profeta Eliahu y la puerta abierta, el eco de «¡El año próximo en Jerusalem!» del final del Séder (amplificado por algunas artesanías colgadas en las paredes), diapositivas de viajes de mi abuela a Checoslovaquia luego de la guerra, y también a una Israel sepia. Todo fusionado en una misma línea temporal, en un universo que se limitaba (o concentraba, en su estado más puro) entre las cuatro paredes del comedor de mi abuela y la comodidad de esos sillones marrones.

La destrucción del Templo y el origen del Séder

© Imagen: Ilustración del Éxodo en la Hagadá de las Cabezas de Pájaro (circa 1300).

La ceremonia anual en el Templo de Jerusalem se mantuvo aún luego de que el Imperio Romano conquistase Israel en el año 63 a.e.c., transformando el país en la provincia de Judea. Pero cuando un siglo después los judíos se revelaron (una vez más) contra la opresión imperial, Roma decidió responder con una dureza implacable: luego de aplastar la rebelión, el Templo de Jerusalem fue destruído, la ciudad renombrada a Aelia Capitolina y los judíos masacrados, perseguidos y obligados al exilio de su propio país. Comenzó así la dispersión de los judíos por todas partes del mundo. 

¿Cómo seguir festejando Pésaj, luego de semejante tragedia, y ya sin el Templo? La celebración volvió una vez más a las casas. Con la influencia del simposio griego, el sacrificio del cordero fue reemplazado por una cena ritual, centrada en el relato y la educación. En esta época aparecen el simbolismo de las copas de vino, los distintos aperitivos, el reclinarse, etc. Aparecen las primeras hagadot, recopilando el formato de la ceremonia.

La búsqueda del afikomán

«Pueden buscar el afikomán» decía mi abuela, y era como el disparo de largada de una carrera de caballos. Para que no la molestásemos, nos avisaba de antemano que el afikomán no estaba ni en el jardín ni en la cocina. Desde la mesa de los niños, en una punta del comedor, la búsqueda empezada por lo que teníamos más cerca: la pequeña biblioteca llena de libros viejos (que años más tarde disfruté de leer) y la máquina de coser que estaba enfrente. Pero el afikomán no estaba allí. 

El comedor era muy largo, como si fuesen dos habitaciones unidas. Al final de la mesa de adultos venía luego la zona de la tele (una tele que seguramente había visto el alunizaje), donde había también tres sillones: dos pequeños enfrentados y uno alargado. Pero el afikomán tampoco estaba debajo de los almohadones.

Aunque mi abuela había remodelado toda su casa unos pocos años antes, se había asegurado de mantener la estética y los muebles como si estuviésemos en 1954 —algo que le agradezco un montón y que, sin dudas, aportaba a la magia de su hogar (donde se destacaba el «reloj del Apocalipsis», que coronaba un mueble de madera gigante frente a la mesa y cuyas campanadas sonaban de forma impredecible tres o cuatro veces al año). 

El afikomán tampoco estaba allí y, por lo tanto, ya no podía estar en el comedor. Para seguir la búsqueda había que internarse por un pasillo algo peligroso, que empezaba con un escalón (sólo uno) y luego continuaba en una leve pendiente. Al final había dos puertas: a la derecha, el estudio donde trabaja mi tío (cerrado con llave); a la izquierda, la habitación de mi abuela, adonde entraba como quien se sumerge en las catacumbas de la ciudad.

La paradoja de Pésaj en la Edad Media

Hacia la Edad Media, una paradoja: por un lado, Pésaj se consolida como una parte central de la unidad, la identidad y la esperanza judías en la diáspora. Surgen por todas partes hagadot ilustradas que son verdaderas obras de arte, como la de Sarajevo o la Dorada. Pero el orgullo de la fiesta convive con una realidad hostil: la celebración coincide con las pascuas cristianas, lo que sirve de pretexto a la Iglesia y los príncipes para alentar el odio y la violencia contra los judíos. En este contexto surgen los libelos de sangre, la acusación delirante del sacrificio de niños cristianos para elaborar matzá.

El hallazgo del afikomán

Unas niñas comiendo matzá, posiblemente en un kibutz, a mediados de los años 60.
© Fotografía: Center for Jewish History, NYC (en dominio público, vía Wikimedia Commons).

El afikomán casi siempre estaba en alguno de los cajones del armario de mi abuela (al menos ahí estaba las veces que lo encontré yo). Muchos años después, de esos cajones vería sacar a mi abuela su certificado de nacimiento escrito en checo. En ese momento, simplemente encontré la matzá del afikomán envuelta en una servilleta, camuflada entre la ropa. 

Los regalos y las reglas fueron cambiando a lo largo de los años. Al comienzo, como marca la tradición, había un único regalo para quien encontrase el afikomán; algo que mi abuela sentía que era injusto para los otros nietos. Así que, en los últimos Sedarim (Plural de Seder), cambió las reglas: ahora habría regalos para todos, pero primero había que encontrar el afikomán. El que lo encontrara no tendría un regalo especial pero podría comer el pedazo de matzá. Esta medida de mi abuela, si bien hizo más igualitario el afikomán, devaluó un poco el regalo. De ser originalmente un juguete bastante atractivo para un solo nieto, se transformó en una distribución comunitaria de billeteras idénticas para todos y, finalmente, de simples pares de medias. 

Entre el deseo de libertad y la realidad

Un Séder de Pésaj masivo para 1.500 personas en el pabellón deportivo decorado del Kibutz Na’an. © Fotografía: Fritz Kohen (vía Wikimedia Commons). Licencia CC BY 3.0

En las celebraciones de Pésaj a lo largo de la historia surge de forma constante la tensión entre el deseo y la promesa de libertad frente a los desafíos de una realidad mucho más compleja que, con demasiada frecuencia, se vuelve marcadamente hostil. En la modernidad, Pésaj siguió acompañando al pueblo judío. La fabricación de matzá —tradicionalmente artesanal— se industrializó, pasando de ser redonda a ser cuadrada, un formato mucho más práctico para el transporte. Las hagadot comenzaron a imprimirse de a miles de ejemplares, sin llegar a perder su magia. 

El sionismo y el regreso de gran parte del pueblo judío a Israel permitió recuperar la dimensión relacionada a la primavera y, sobre todo, a la naturaleza de la festividad, destacando en este aspecto los Sedarim comunitarios de los kibutzim. El apego a la ortodoxia religiosa se hizo más flexible, permitiendo nuevos simbolismos: en algunas kearot surgieron la naranja para representar a las minorías LGTB o las aceitunas para expresar el deseo de paz.

Las videollamadas permitieron sumar al Séder a familiares distantes e incluso mantener la tradición durante la pandemia de COVID-19. Durante la reciente crisis de los secuestrados en Gaza luego del 7 de octubre, en muchos hogares se agregó una silla extra vacía e incluso se realizó una instalación artística frente al Museo de Arte de Tel Aviv: una mesa para un Séder con 133 sillas amarillas vacías.

Pésaj acompaña al pueblo judío desde su origen. Nos recuerda que no existe plenitud sin libertad, y que la libertad no es algo que hay que dar por sentado, sino que debe agradecerse y defenderse todos los años.

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*Kearot: plural de keará, el plato utilizado en el Séder. keará en hebreo significa cuenco.

Cerrando el círculo

Esos Sedarim cumplieron con creces su función de transmitir la historia de Pésaj a nosotros, las nuevas generaciones. Con su magia atemporal hicieron un puente perfecto entre la salida de Egipto, la historia de nuestros antepasados en la diáspora y la actualidad.

Cuando abandonamos la niñez, esos encuentros se fueron diluyendo y haciendo menos rigurosos, pero siguieron resonando todos los sábados cuando nos juntábamos a almorzar en familia en la casa de mi abuela, repitiéndose gran parte de esas dinámicas.

«El año próximo en Jerusalem» es la frase final del Séder. Para el niño que era ese momento, Jerusalem era algo mítico, abstracto y misterioso, cuyos ecos se reflejaban en las obras de arte colgadas de las paredes, en fotos sepias y en ilustraciones de la Hagadá. Muchos años después de esas noches ya lejanas, en una mañana luminosa y tranquila de 2024, conocí Jerusalem. Entré a la ciudad antigua por la Puerta Nueva, en el barrio cristiano, y fui bajando hacia el sur. Entre el laberinto de calles silenciosas, me crucé primero con monjes que vestían atuendos de otra época. Ya en el barrio armenio me vi rodeado de hermosos platos y vajillas tradicionales. Los pasillos de piedra me llevaron finalmente al barrio judío y sus hermosos locales de artesanías. Una escalera hacia abajo, luego otra, luego un giro a la derecha y entonces la vista panorámica: la postal impactante del Kotel —el Muro de los Lamentos— y el Monte del Templo. Un tramo más de escaleras, un breve control, una pequeña caminata y, cuando estuve frente a las piedras del Muro, supe que lo había logrado: había cerrado el círculo.